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J 13/12/2018

Abundancia versus pobreza

Esta es la dicotomía que retrata perfectamente a las dos generaciones que tratamos de contrastar en El legado de nuestros mayores: la actual y la de la posguerra. De este contraste se derivan las principales diferencias en carácter, experiencias, escala de valores y principios. Los niños y jóvenes de la posguerra tuvieron dificultades para alimentarse: no había leche, ni a veces pan, ni carne. Pasaron hambre y no tenían ni juguetes ni ropa de recambio. Se ponían la misma ropa todos los días, que muchas veces lavaban por la noche y se volvían a poner al día siguiente. Y algunos con suerte, tenían la ropa de los domingos para ir a misa. No pedían nada. El clima de extrema necesidad se lo impedía. Los padres no tenían ni que decirlo.

Como consecuencia de estas duras condiciones, los niños de la guerra crecieron esperando cualquier cosa como un gran salto desde la nada. Expectativas bajas, satisfacción alta. Cualquier ganancia o logro era un triunfo: estudiar un año más en la escuela, comprarse unos zapatos, conseguir un trabajo de aprendiz. Todo esto quedó grabado en sus mentes, y avanzaron en la vida con un sentido de agradecimiento. Sacar adelante a sus familias y ver cómo sus hijos tenían el doble o el triple de lo que ellos tuvieron les llenaba de orgullo, les hacía felices. Nada más.

En el otro lado, los niños de hoy. Incluso los niños pobres que sigue habiendo en la sociedad del “bienestar” (40% en España) viven mucho mejor que en la posguerra. El resto prácticamente desconoce lo que es la necesidad. No piden, exigen sus derechos. Son los reyes, cuando no tiranos, de sus hogares, y nada les llena porque ya lo tienen todo. No reciben un no por respuesta, creen tener derecho a todo y que el dinero sale mágicamente de la cartera de sus padres, como un manantial.

En estas condiciones, ¿cómo es posible el equilibrio emocional de estos niños? ¿Cómo valorar las cosas y las oportunidades? ¿Cómo aprender por experiencia lo que es no tener? ¿Cómo distinguir la abundancia, si no han podido tocar la carestía?

Las estrategias educativas actuales deberían, a mi juicio, compensar de alguna manera los excesos materiales y emocionales que disfrutan y a la vez sufren estos niños y jóvenes. Debería haber un claro objetivo de permitir una cierta privación de bienes y ventajas, sin complejos, y sin demagogias. Difícil tarea en una sociedad, la de los últimos años, que vive para cumplir todos y cada uno de los deseos infantiles.

O quizá sólo tengamos que esperar a la próxima gran crisis.

No hay mejor demostración de que la abundancia material no da la felicidad.


Juan Presa

El legado de nuestros mayores