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V 9/11/2018

El respeto como base de la convivencia

En las grabaciones que he organizado hasta el momento, me ha sorprendido la coincidencia de todas las personas mayores en los valores aprendidos de sus padres. Hay mucha uniformidad y eso crea también una conexión. Como cuando sólo había dos canales de televisión y todos veíamos las mismas cosas. Al día siguiente uno podía comentar el programa de la noche anterior con la seguridad de que los demás sabían de qué hablaba. Igual pasa con los valores transmitidos por los padres de esta generación. Que les unen en un mismo código de comportamiento.

El respeto es el más presente. Respetar a los demás es algo tan básico que resulta difícil entender por qué no detectamos tanto este valor en las generaciones actuales. Si atendemos a los modelos de gestión emocional actuales (algo que quizá no estaba disponible hace 80 años, al menos con esa formulación) en efecto el respeto es la base de cualquier acuerdo de convivencia, está en la parte baja de toda pirámide emocional. El respeto genera seguridad para todos, y a partir de ahí se pueden construir las demás relaciones, sean personales, laborales o de cualquier tipo, ya que la seguridad es una necesidad humana básica.

Puede que, desde el punto de vista actual, esta sencillez de planteamiento resulte incluso simplona. Hoy día nos encontramos con expertos en educación que sin duda pueden desplegar mucha ciencia sobre cómo educar a un niño. En la posguerra la ciencia fue sustituida por la sabiduría popular, y ésta dictaba que cualquier persona lo primero que tenía que hacer era respetar al otro. Así de sencillo y así de inmediato. A partir del respeto, nuestros mayores añaden otras expresiones que resumen su educación: ser buena persona, portarse bien, la urbanidad, ceder el asiento a los mayores, obedecer a los padres. Y luego vienen las negativas: no robar nunca (otra manera de decir respeto por las cosas de los demás), no meterse en jaleos, ni en peleas.

En el modo de ser de estas personas, las que ya han cumplido los 70 y 80 años, se puede percibir muy fácilmente ese respeto que llevan impreso. Se traduce en una humildad de trato, que a mí me resulta muy agradable, y que contrasta con la altanería que se puede uno encontrar en individuos de otras edades, sobre todo en las más recientes. Ha de haber un punto medio entre ambas, pero si tengo que elegir me quedo con la antigua.

En la falta, a veces, de respeto, radica el origen de otra característica de las sociedades modernas: la desconfianza. Aunque ésta obedece también a otros factores como la manipulación y la mentira, la desconfianza hace que no queramos conocer a nuestros vecinos, y que mejor no saludar en el ascensor si lo podemos evitar. De ahí, a la hostilidad hay un camino más corto.

Juan Presa

El legado de nuestros mayores